CONVERTIR LA DEFENSA EN OFENSIVA

A propósito de las deficiencias de las izquierdas occidentales

CONVERTIR LA DEFENSA EN OFENSIVA

[Img #11070] "así en la tierra como en el cielo", Una de las grandes deficiencias de las izquierdas occidentales - escribe en un reciente artículo el teórico marxista vasco Gil de San Vicente - es que esta ha roto la fusión cotidiana entre la crítica teórica, política y cultural, por una parte, y la lucha práctica por la creación de otras formas alternativas de autoorganización popular y obrera.
         
    Una de las grandes deficiencias de las izquierdas occidentales  - escribe en un reciente artículo el teórico marxista vasco Iñaki Gil de San Vicente - es que ésta ha roto la fusión cotidiana entre, por un lado, la crítica teórica, política, cultural, ética, etcétera, del capitalismo, y por otro lado, la lucha práctica por la creación de otras formas alternativas de vida, de autoorganización popular y obrera, de experimentación de otro modelo social opuesto al dominante.
       Tal fusión ha sido una constante - explica Gil de San Vicente -  que podemos rastrear desde las luchas campesinas y urbanas en el medievo, cuando las masas explotadas intentaban materializar utopías igualitaristas y milenaristas "así en la tierra como en el cielo", hasta ahora mismo en muchas partes del mundo en donde los pueblos trabajadores han de resistir a la devastadora crisis autorganizándose para satisfacer sus necesidades aplastadas por el capital.
      A lo largo de estos tiempos, los movimientos campesinos, populares y obreros, y las izquierdas revolucionarias más consecuentes, han mantenido en la medida de sus posibilidades la decisión de forzar el modo de explotación, vida y reproducción social dominante en esos momentos, forzarlo más allá de lo permitido por el poder. Por ejemplo, el cooperativismo, la cooperación en general, la ayuda mutua autoorganizada, la reciprocidad y el trueque en cualquiera de sus formas, las redes sociales con poca o nula mercantilización interna, estas y otras prácticas que, como hemos dicho ya aparecen en el medievo de forma utópica y con el capitalismo industrializado se han practicado y teorizado no sólo como formas de resistencia transitoria a las privaciones impuestas por la explotación sino también --y esto es decisivo - como embriones experimentales de otra forma social opuesta a la explotadora.

       Dentro de las corrientes progresistas y socialistas, y en especial en las anarquistas y marxistas, pero también en las sociacristianas y reformistas, ha existido y existe la certidumbre de que la mera resistencia economicista, centrada en la exclusiva defensa de los derechos laborales y salariales alcanzados apenas sirve para detener la ferocidad creciente de una patronal envalentonada.

     En el anarquismo y en el marxismo, muy especialmente, esta certidumbre va unida a la de la necesidad de avanzar en otras salidas materiales a la crisis y a los ataques del capital, consistentes en fusionar la lucha política y teórica radical con la autoorganización material expresada en las prácticas asociativas citadas genéricamente arriba.

     En las corrientes reformistas y socialcristianas esta perspectiva está amputada de todo contenido y finalidad revolucionaria, limitándose a buscar la mejora del sistema mediante la paulatina superación pacífica y gradual de sus componentes "malos", desarrollando los "buenos".

      Centrándonos ya en la izquierda revolucionaria, la historia muestra que ésta se ha esforzado en simultanear cuatro prácticas decisivas para el avance de la emancipación: la crítica práctica del sistema mediante la experimentación de embriones de protosocialismo inseparablemente unidos a la aparición de formas de contrapoder y de doble poder; la crítica política tendente a la destrucción del poder explotador y a la creación de un poder popular y obrero imprescindible para superar el capitalismo; la crítica teórica destinada a mejorar la praxis socialista en su conjunto y a desmontar la ideología burguesa; y la crítica ético-moral destinada a superioridad cualitativa del humanismo comunista sobre el humanismo burgués.

       Hay que decir que desde la mitad del siglo XX en adelante, el grueso de la izquierda occidental ha despreciado o abandonado esta cuádruple acción, limitándose en la mayoría de los casos al apocado y respetuoso parlamentarismo dentro del ordenamiento burgués, aceptándolo de facto, cuando no defendiéndolo públicamente ayudando a la burguesía en la represión de las fuerzas revolucionarias. Ahora esta izquierda, y sus sucesores nominales y herederos ideológicos, pagan las consecuencias de aquella mansedumbre y de aquél colaboracionismo encubierto o descarado.

        Tantos años de mansedumbre práctica, política, teórica y ético-moral ante la injusticia han debilitado y envejecido al máximo a su otrora fuerte y joven militancia, también le han aislado y separado de las resistencias y luchas que emergen aquí y allá, y han destruido su dignidad crítica y orgullo insurgente. La izquierda occidental no recuerda ya lo decisivo que es el proceso que va del contrapoder al poder popular y obrero.

         La defensa economicista y democraticista contra la involución reaccionaria que avanza como una apisonadora sigue siendo tan necesaria como siempre lo fue. Nadie lo niega, y quien lo hiciere sería un suicida. Pero ella sola no detendrá nunca al monstruo; tal vez pueda retrasar en algo su avance, pero casi de inmediato la fiera multiplicará su brutalidad para recuperar el tiempo perdido y ampliar exponencialmente sus ganancias.

         Incluso aunque parte de la burguesía optase por una política débilmente neokeynesiana y de socialiberalismo menos cínico, incluso así la sola resistencia obrera y popular no detendría los ataques antisociales. Toda mentalidad defensista está condenada al fracaso y a preparar la derrota.

        De lo que se trata es de revertir en defensivo en ofensiva, en ataque cuádruple: construir embriones de protosocialismo; avanzar hacia el poder popular y obrero; enriquecer la teoría, y superar éticamente a la irracionalidad egoísta burguesa.

      La cuádruple práctica debe plasmarse en el proceso que iniciándose en los contrapoderes locales que vamos conquistando con nuestras luchas debe llegar a la construcción de un Estado obrero controlado desde fuera por un poder popular independiente y crítico, que vigile atentamente mediante la democracia socialista que ese Estado no degenere en una casta burocrática corrupta

Condensado del artículo "¿Poder popular bajo el capitalismo?", de Iñaki Gil de San Vicente 

Tomado de Canarias Semanal

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