A propósito de las deficiencias de las izquierdas occidentales
CONVERTIR LA DEFENSA EN OFENSIVA
Una de las grandes deficiencias de las izquierdas occidentales - escribe en un reciente artículo el teórico marxista vasco Iñaki Gil de San Vicente
- es que ésta ha roto la fusión cotidiana entre, por un lado, la
crítica teórica, política, cultural, ética, etcétera, del capitalismo, y
por otro lado, la lucha práctica por la creación de otras formas
alternativas de vida, de autoorganización popular y obrera, de
experimentación de otro modelo social opuesto al dominante.
Tal fusión ha sido una constante - explica Gil de San Vicente -
que podemos rastrear desde las luchas campesinas y urbanas en el
medievo, cuando las masas explotadas intentaban materializar utopías
igualitaristas y milenaristas "así en la tierra como en el cielo", hasta
ahora mismo en muchas partes del mundo en donde los pueblos
trabajadores han de resistir a la devastadora crisis autorganizándose
para satisfacer sus necesidades aplastadas por el capital.
A lo largo de estos tiempos, los movimientos campesinos, populares y
obreros, y las izquierdas revolucionarias más consecuentes, han
mantenido en la medida de sus posibilidades la decisión de forzar el
modo de explotación, vida y reproducción social dominante en esos
momentos, forzarlo más allá de lo permitido por el poder. Por ejemplo,
el cooperativismo, la cooperación en general, la ayuda mutua
autoorganizada, la reciprocidad y el trueque en cualquiera de sus
formas, las redes sociales con poca o nula mercantilización interna,
estas y otras prácticas que, como hemos dicho ya aparecen en el medievo
de forma utópica y con el capitalismo industrializado se han practicado y
teorizado no sólo como formas de resistencia transitoria a las
privaciones impuestas por la explotación sino también --y esto es
decisivo - como embriones experimentales de otra forma social opuesta a
la explotadora.
Dentro de las corrientes progresistas y socialistas, y en especial en las anarquistas y marxistas, pero también en las sociacristianas y reformistas, ha existido y existe la certidumbre de que la mera resistencia economicista, centrada en la exclusiva defensa de los derechos laborales y salariales alcanzados apenas sirve para detener la ferocidad creciente de una patronal envalentonada.
Dentro de las corrientes progresistas y socialistas, y en especial en las anarquistas y marxistas, pero también en las sociacristianas y reformistas, ha existido y existe la certidumbre de que la mera resistencia economicista, centrada en la exclusiva defensa de los derechos laborales y salariales alcanzados apenas sirve para detener la ferocidad creciente de una patronal envalentonada.
En el anarquismo y en el marxismo, muy especialmente, esta certidumbre
va unida a la de la necesidad de avanzar en otras salidas materiales a
la crisis y a los ataques del capital, consistentes en fusionar la lucha
política y teórica radical con la autoorganización material expresada
en las prácticas asociativas citadas genéricamente arriba.
En las corrientes reformistas y socialcristianas esta perspectiva está
amputada de todo contenido y finalidad revolucionaria, limitándose a
buscar la mejora del sistema mediante la paulatina superación pacífica y
gradual de sus componentes "malos", desarrollando los "buenos".
Centrándonos ya en la izquierda revolucionaria, la historia muestra que ésta se ha esforzado en simultanear cuatro prácticas decisivas para el avance de la emancipación: la crítica práctica del sistema mediante la experimentación de embriones de protosocialismo inseparablemente unidos a la aparición de formas de contrapoder y de doble poder; la crítica política tendente a la destrucción del poder explotador y a la creación de un poder popular y obrero imprescindible para superar el capitalismo; la crítica teórica destinada a mejorar la praxis socialista en su conjunto y a desmontar la ideología burguesa; y la crítica ético-moral destinada a superioridad cualitativa del humanismo comunista sobre el humanismo burgués.
Hay que decir que desde la mitad del siglo XX en adelante, el grueso de la izquierda occidental ha despreciado o abandonado esta cuádruple acción, limitándose en la mayoría de los casos al apocado y respetuoso parlamentarismo dentro del ordenamiento burgués, aceptándolo de facto, cuando no defendiéndolo públicamente ayudando a la burguesía en la represión de las fuerzas revolucionarias. Ahora esta izquierda, y sus sucesores nominales y herederos ideológicos, pagan las consecuencias de aquella mansedumbre y de aquél colaboracionismo encubierto o descarado.
Centrándonos ya en la izquierda revolucionaria, la historia muestra que ésta se ha esforzado en simultanear cuatro prácticas decisivas para el avance de la emancipación: la crítica práctica del sistema mediante la experimentación de embriones de protosocialismo inseparablemente unidos a la aparición de formas de contrapoder y de doble poder; la crítica política tendente a la destrucción del poder explotador y a la creación de un poder popular y obrero imprescindible para superar el capitalismo; la crítica teórica destinada a mejorar la praxis socialista en su conjunto y a desmontar la ideología burguesa; y la crítica ético-moral destinada a superioridad cualitativa del humanismo comunista sobre el humanismo burgués.
Hay que decir que desde la mitad del siglo XX en adelante, el grueso de la izquierda occidental ha despreciado o abandonado esta cuádruple acción, limitándose en la mayoría de los casos al apocado y respetuoso parlamentarismo dentro del ordenamiento burgués, aceptándolo de facto, cuando no defendiéndolo públicamente ayudando a la burguesía en la represión de las fuerzas revolucionarias. Ahora esta izquierda, y sus sucesores nominales y herederos ideológicos, pagan las consecuencias de aquella mansedumbre y de aquél colaboracionismo encubierto o descarado.
Tantos años de mansedumbre práctica, política, teórica y ético-moral
ante la injusticia han debilitado y envejecido al máximo a su otrora
fuerte y joven militancia, también le han aislado y separado de las
resistencias y luchas que emergen aquí y allá, y han destruido su
dignidad crítica y orgullo insurgente. La izquierda occidental no
recuerda ya lo decisivo que es el proceso que va del contrapoder al
poder popular y obrero.
La defensa economicista y democraticista contra la involución
reaccionaria que avanza como una apisonadora sigue siendo tan necesaria
como siempre lo fue. Nadie lo niega, y quien lo hiciere sería un
suicida. Pero ella sola no detendrá nunca al monstruo; tal vez pueda
retrasar en algo su avance, pero casi de inmediato la fiera multiplicará
su brutalidad para recuperar el tiempo perdido y ampliar
exponencialmente sus ganancias.
Incluso aunque parte de la burguesía optase por una política débilmente
neokeynesiana y de socialiberalismo menos cínico, incluso así la sola
resistencia obrera y popular no detendría los ataques antisociales. Toda
mentalidad defensista está condenada al fracaso y a preparar la
derrota.
De lo que se trata es de revertir en defensivo en ofensiva, en ataque
cuádruple: construir embriones de protosocialismo; avanzar hacia el
poder popular y obrero; enriquecer la teoría, y superar éticamente a la
irracionalidad egoísta burguesa.
La cuádruple práctica debe plasmarse en el proceso que iniciándose en
los contrapoderes locales que vamos conquistando con nuestras luchas
debe llegar a la construcción de un Estado obrero controlado desde fuera
por un poder popular independiente y crítico, que vigile atentamente
mediante la democracia socialista que ese Estado no degenere en una
casta burocrática corrupta
Condensado del artículo "¿Poder popular bajo el capitalismo?", de Iñaki Gil de San Vicente
Tomado de Canarias Semanal
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