Televisión, Poder y otros alienígenas
Alejar
la televisión de nuestras vidas no es una consigna de fanáticos
fundamentalistas, sino más bien una condición necesaria de salud mental.
Un gesto valiente que abre la posibilidad de retomar nuestra capacidad
de pensar la realidad y recuperar nuestra naturaleza social en el seno
de nuestras comunidades.
En
un mundo que intentaba recomponerse tras la segunda gran guerra, la
televisión irrumpió como una atrayente novedad tecnológica que estaba
destinada a transformar radicalmente las vidas de millones de personas.
Nadie podía sospechar entonces que se convertiría en el oráculo que
dictaría la realidad contra la evidencia de la misma realidad; “tiene
que ser verdad, porque lo ha dicho la tele” se repite desde entonces
como una de las consecuencias de un fenómeno de antropomorfización que
confunde imágenes con personas. Y desde el principio se abrió un debate
de baja intensidad pero permanencia entre los defensores y los
detractores de este medio.
Con
demasiada frecuencia los detractores son en realidad defensores del
medio, pues sus argumentos acaban siendo críticos sólo con lo que
denominan contenidos; si se produjesen otro tipo de contenidos, la
televisión mejoraría y se convertiría en una excelente herramienta de
desarrollo social. Su argumentación acaba siendo la conocida posición
defensora de la neutralidad de las herramientas, frente al buen o mal
uso que se puede hacer de ellas. Como si fuese posible separar lo que
llamamos forma y contenido. Aquí, más allá de un mero enunciado
persuasivo o seductor de diversas fantasmagorías, parece haber toda una
reconfiguración en términos de estructura del pensar y de hábitos
sociales y personales... mas >>>
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