¡ADELANTE, HIJOS DEL CARBÓN Y LA VICTORIA!, por Santi Ortiz

¡ADELANTE, HIJOS DEL CARBÓN Y LA VICTORIA!, por Santi Ortiz

"Cada ampolla de vuestros pies cansados es una lección de dignidad; cada gota de vuestro sudor, un grito de justicia; cada paso que dais, una brújula para todos los trabajadores. El pueblo de Madrid, tan cargado de historia y solidaridad, debe acogeros como lo que sois: guerreros de la paz y el trabajo, hermanos ejemplares en lucha, un collar de esperanzas que la razón ha unido. "

¡ADELANTE, HIJOS DEL CARBÓN Y LA VICTORIA!

     Te rozas por ellas y te ensucias de orgullo, de respeto, de combatividad. Están llenas de polvo, de coraje, de rabia. Ondean al viento de la libertad, con la mugre ejemplar de los caminos y de las carreteras por donde las piernas que las portan acumulan kilómetros. Son banderas, son pancartas, son gente, personas, padres de familia, trabajadores esforzados, mineros del carbón, hoy convertidos a la fuerza en símbolo de la lucha obrera, en último baluarte de supervivencia para las comarcas a las que dan vida con el negro fruto arrancado del vientre de la tierra.
     Vienen de la asturiana Mieres; de Andorra, en Teruel; de las tierras leonesas de Bembible y Villablino, y van para Madrid, a coger el problema por los cuernos, a hacer oír el ronco acento de la mina en los enmoquetados salones del Poder, donde los peritos del engaño, aupados al gobierno por una escalinata de mentiras, convierten España en almoneda y deciden, aliviados de escrúpulos, el destino de sus habitantes. No encuentran doscientos millones de euros para el carbón; pero han obtenido quinientas veces más para pagar los platos rotos de sus amos: los ladrones legales de bancos y finanzas.
     Cerca de quinientos kilómetros van a ser recorridos en diecinueve días por la solidaridad, la lucha y la firmeza; huesos, músculos, voluntades que andan; trozos de las regiones sumergidas en el más absoluto desamparo, que han echado a caminar con cascos, indumentaria de trabajo u, obligados por los rigores del termómetro, con ropa deportiva y calzado adecuado, para alcanzar el corazón mismo de Madrid con su mensaje nítido y cabal.
     “Vosotros tenéis tijeras, nosotros picos y palas”. “Quieren acabar con todo”. “Política y bancos más caros que el carbón, y los mantenemos”. Son éstos algunos de los lemas que pueden leerse en las pancartas y las camisetas de esta tropa pedestre y decidida, aureolada de un viento de laureles que canta sus esfuerzos y su lucha por mantener en paz y funcionando una forma honrada de ganarse la vida. No exigen privilegios, como algunos se atreven a escribir en la prensa canalla; quieren que se respete lo que se había acordado hasta 2018. Y luego, sentarse a negociar.
     Estamos, empero, en tiempos de recortes, en época de rebajas, de liquidación por derribo, donde los sinvergüenzas han soltado sus máscaras y salen a la calle a pecho descubierto para seguir haciendo tropelías. Y han tocado las fibras de la mina. Y de la mina han subido sus hombres, abandonando tajo, mujeres y familias y se han puesto al camino. Y es la mina la que portan en su cansancio, en sus canciones –Santa Bárbara bendita–, en sus consignas, en su determinación. Y en llegando a los pueblos y ciudades mineras han sentido el calor humano –más elevado, más fuerte, que el altísimo de los mercurios– de las buenas gentes. Manos encallecidas de azada y surco, boinas, gorras despintadas de soles y sudores, saludaban y aplaudían a su paso el símbolo de la dignidad trabajadora. La Cruz y el León, el celeste asturiano y el rojo leonés, unidos bajo un sol de justicia, saliendo a confluir con la albirroja bandera turolense, para juntas alcanzar  el miocardio de la Villa y Corte.
     Y mientras, en las comarcas abandonadas, las mujeres de la mina, tomaban el relevo, las riendas de la lucha, cortando carreteras y haciéndose notar, peleando por el mismo pan y el mismo sudor que sus maridos, hermanos, padres o compañeros.
     A los sufridos hijos del carbón les toca ahora caminar lo más duro, cruzando tierras que no saben de minas ni han vivido de ellas. Tal vez, encuentren un telón de egoísmo, el mordisco fatal del desapego, la odiosa displicencia de las gentes mezquinas que ni siquiera aciertan a mirarse el ombligo. Pero desde aquí los animo al combate. Adelante, hermanos, adelante, sobre el asfalto ardiente, bajo la noche insomne y fatigada, a través del polvo y los calores, contra los vientos todos. ¡Adelante!
     Cada ampolla de vuestros pies cansados es una lección de dignidad; cada gota de vuestro sudor, un grito de justicia; cada paso que dais, una brújula para todos los trabajadores. El pueblo de Madrid, tan cargado de historia y solidaridad, debe acogeros como lo que sois: guerreros de la paz y el trabajo, hermanos ejemplares en lucha, un collar de esperanzas que la razón ha unido.
      Ese 11 de julio, todos los madrileños damnificados por los vampiros y los vendepatrias deberían echarse a la calle: los parados, los desahuciados, los maestros, los profesores, los médicos, los sanitarios, los transportistas, los ferroviarios, los alumnos, los funcionarios, los empresarios y empleados de los pequeños y medianos comercios… Todos deberían verse reflejados en la lucha heroica de los mineros –heridos todos por el relámpago de su claro mensaje– y multiplicar los cientos por miles y los miles por cientos de miles. Y que la voz del pueblo sea la voz del carbón, del campo, de los empleados públicos, de la ciudadanía; la voz del descontento que grita ¡Basta! y quiere poner freno a esta hecatombe.

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