Independencia
Al
margen de su virtud, que quien no la festeja sólo aspira a llegar a
celebrarla, “independencia” es uno de los conceptos mejor relacionados.
Cuando uno busca esa palabra en el diccionario siempre aparece
acompañada de otros grandes valores como “soberanía” y “libertad”, siempre
asociada a esas honradas referencias con las que el calendario la
recuerda, siempre como un hito que conmemorar y bendecir.
De hecho, de la “independencia” hasta la guerra celebramos. ¿Qué estadounidense no se emociona un 4 de julio, qué español un 12 de octubre?
Y
tampoco hay mayor fundamento en cualquier proceso educativo, de
cualquier tipo, que hacer posible la independencia de sus educandos.
Educamos a nuestras hijas e hijos para que se valgan por sí mismos, para
que tomen sus decisiones, tengan sus propios criterios y sean capaces
de desenvolverse solos, para que sean independientes. Esa es la razón de
ser de la educación.
Un
requisito imprescindible para el logro de cualquier convivencia social
es respetar la independencia de sus miembros. No se concibe una relación
que se proponga ser equitativa, democrática, plural, en la que sus
partes no sean independientes.
¿Por
qué entonces ese temor hacia un concepto, hacia una “independencia”,
que todos los países que pueden disfrutarla la celebran? ¿Por qué ese
miedo a que el otro disponga, también, de tus mismos derechos y gozos?
¿Cuál es el problema de querer la independencia?
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