¡¡TODOS A MADRID!!, por Santi Ortiz

¡¡TODOS A MADRID!!, por Santi Ortiz

"...Si los profesores, los sanitarios, los mileuristas, los parados, los desahuciados, los militantes del 15-M, los anarquistas, los comunistas, los verdaderos demócratas, etc., nos echáramos a la calle como han hecho los mineros, en mucho menos tiempo de lo que llevan ellos luchando, las marionetas del gobierno habían cogido el portante y presentado su irrevocable dimisión..."
¡¡TODOS A MADRID!!
Las lágrimas del pueblo se unen a las del cansancio. Frases de aliento caen en los tímpanos de los marchistas como rociones de agua fresquita. Sienten el apoyo de las gentes trabajadoras, lo agradecen, lo necesitan porque las piernas no dan para más, aunque el alma sigue fuerte, invicta, apuntalada por la razón que los guía, por la verdad que defienden, porque saben que en esta lucha les va la vida y el futuro, y no les queda otra que seguir adelante.

Los lugareños salen a recibirlos con la solidaridad por bandera y la admiración en los corazones. Sin quererlo, los hijos del carbón se han convertido en símbolo de la resistencia obrera contra este gobierno de dictadores sin escrúpulos, de mentirosos recalcitrantes, de serviles mayordomos del insaciable capital foráneo y nacional; de quienes hace tiempo no se ponen ya la careta de demócratas, y, en el descuido de su prepotencia, dejan al descubierto, cada vez más visible, su espíritu fascista.

Pese a todo, los mineros están ya a pocas decenas de kilómetros de Madrid. Cada paso que dan lleva en su memoria el recuerdo de los compañeros que aguantan encerrados en los pozos, la familia que dejaron atrás, el resto de personal que sigue luchando en las cuencas, el paisaje duro y entrañable donde han crecido transformando en pan y subsistencia el negro fruto extraído de la tierra. Es una voluntad única que se ramifica, crece, se agiganta, camina, lucha, reivindica, se encierra, clamando justicia y el derecho al futuro que le otorgaba el pacto suscrito con el anterior Gobierno.

Nadie puede ya creerse en este país diezmado, intervenido, desangrado, que pueda sacarse 23.000 millones de euros públicos para sanear Bankia antes de devolverla a los mismos –u otros– facinerosos que la dejaron en la bancarrota, que se permita “rescatar”, a cambio de la soberanía del Estado, con 100.000 millones de euros a la jauría de banqueros para que resuelvan los problemas de sus acreedores, y no haya dinero para el Carbón, la Sanidad o la Educación; ni que ese dinero entregado a los ladrones legales por los corruptos a su servicio, tenga que salir del pellejo de los mineros, de los funcionarios públicos o de los trabajadores en general.

El problema de la minería, en los términos sociales en que está planteado, es una simple faceta de la trágica situación a que están llevando a toda la clase trabajadora el rosario de ineptos, corruptos y ganapanes que se han ido sucediendo en los consecutivos gobiernos de España en connivencia con todos los reptiles de la Unión Europea, FMI y otras carcomas de la Democracia. En treinta años y a ritmo galopante, los trileros de la política y sus amos del Capital, con sus desregulaciones, liberalizaciones y derribo de obstáculos legales, han conseguido eliminar, dilapidar, pisotear, subvertir, robar, todo el legado que la clase trabajadora había conseguido acumular en más de un siglo de lucha contra el capitalismo para bienestar del pueblo, de sus hijos y posteriores generaciones.

Lo que los tiralevitas del Gobierno –instalados en el poder de manera ilegítima, por alevoso incumplimiento de sus promesas electorales– están haciendo con los mineros es idéntico a lo que proponen para el resto de ciudadanos: negarnos el futuro. Sus planes no contemplan para nosotros otro porvenir que el de la servidumbre ni más salida que la resignación: a agachar la cabeza como siervos y a acatar todo lo que los nuevos señores feudales del neoliberalismo y sus perros de la política tengan a bien disponer. Y sin rechistar, si no queremos que suelten por las calles a nuestros “enemigos” de las porras y las pelotas de goma para meternos en cintura.

Sin embargo, no podemos dejar que nos sigan robando de esa manera. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras los ladrones legales malvenden el país e hipotecan el futuro de quién sabe cuántas generaciones. Hemos de mirarnos en el espejo de coraje y dignidad de los hombres del carbón y luchar por lo que legítimamente nos pertenece. Pero luchar para ganar, como hacen ellos, no con huelgas simbólicas a la imagen y semejanza de los sindicalistas de poltrona, que engordan tripa y desvergüenza como bomberos apagafuegos del Capital. Si los profesores, los sanitarios, los mileuristas, los parados, los desahuciados, los militantes del 15-M, los anarquistas, los comunistas, los verdaderos demócratas, etc., nos echáramos a la calle como han hecho los mineros, en mucho menos tiempo de lo que llevan ellos luchando, las marionetas del gobierno habían cogido el portante y presentado su irrevocable dimisión.


La fuerza es nuestra. La mano del trabajo es la que mueve el mundo. Si ella se para se para todo. Y se le acaba el chollo a tanto trepa y a tanto explotador. Hay que arrojar los miedos al cubo de la basura y salir a luchar como hacen ellos, los hombres de la mina, los que merecen el recibimiento más multitudinario que Madrid haya dado a nadie, incluida “La Roja”. Estos no vienen de ganar ningún torneo deportivo, vienen a pelear por su vida y la de sus familias, que es más importante; vienen a hacer lo que tendríamos que comenzar a plantearnos todos los demás: mostrar su indignación y su disposición a no ceder ante la cerrazón de Soria, Rajoy y sus secuaces.


Sin embargo, toda fuerza de ánimo necesita alimento, y Madrid debe echarse a la calle a unir su voz y su reivindicación ciudadana a la de los luchadores de las cuencas mineras. Los hijos del carbón deben sentirse arropados, comprendidos, fortalecidos, recompensados en su tesón y esfuerzo por la gente trabajadora y concienciada de la capital de España y sus pueblos limítrofes, por la gente que haya sabido situarse ante el drama de todos sin traicionar a su clase en pos de la esperanza. Que los mineros sientan que no están solos, que perciban que son la punta de lanza de un malestar que nos compete a todos. “El pueblo unido jamás será vencido” no es un eslogan, es la antítesis victoriosa del “divide y vencerás” que practica este Gobierno de tiranos. El próximo día 11 hay que estar con los mineros, hay que prestar voz a sus gritos y músculo a su fuerza.

Por ellos, por nosotros, por sus hijos y los nuestros, por poner coto a tanta tropelía y comenzar a cavar la fosa de este sistema corrompido e institucionalmente descompuesto, al que nada queda ya de democrático, el próximo día 11… ¡¡Todos a Madrid!!
 
 
Tomado de dueloliterae

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