domingo, 29 de enero de 2012

Sobre victimas y verdugos. fotos


Sobre victimas y verdugos. fotos
Pongamos que esto se termina, no le apliquemos método a ese fin, digamos que se termina porque la soberanía popular largamente aletargada, de pronto suelta un respingo y despierta y se fija que está, esa soberanía, llena de moretones, que le duelen hasta los párpados y que se lo han robado todo y, la legión que vuelve a estar famélica, se pone en pie y la lía.

Como andaremos ya emancipados, en el futuro nos frotaremos los ojos ante las crónicas de estos tiempos terribles, no daremos crédito a la manipulación mediática. Buscaremos en las hemerotecas digitales y allí encontraremos a los jóvenes apaleados del movimiento 15-M tratando de razonar con la policía, mientras razona la policía con su
lenguaje de puños y pistolas, que decía José Antonio.
Pongamos que esto se termina y, pasadas unas décadas, recordamos las batallas. Entonces constataremos que en esta segunda década de la centuria hubo mujeres, trabajadoras, con sueldos miserables a las que ni siquiera ese misérrimo jornal se les pagaba.
Recordaremos que se les pegaba en la calle, que se las aporreaba impunemente y que con el mayor de los cinismos, se afirmaba en las tribunas del año 2012, que los trabajadores y trabajadoras habían provocado disturbios.
Para entonces, ya sabremos que el disturbio era el hambre, el disturbio era la injusticia, el disturbio fue la persecución, el disturbio era, ah paradojas, el anti-disturbio con su casco y su escudo, blandiendo chulesco la porra delante de las madres de los pobres. El disturbio era la cara de fastidio de alcaldes y alcaldesas, munícipes de alfombra roja, conferenciantes que iba a la universidad para hablar de libertad mientras, al mismo tiempo, celebraban otra vez, otra vez más, la contundencia con que la policía se aplicaba a su “honrado trabajo”. El disturbio era saber que tras cada cuenta de resultados había una gota de sangre derramada. Que fuese mucha o poca esa sangre, dependió siempre, no de la generosidad o la ecuanimidad del poderoso, dependió la magnitud de la sangre de cuántos fueron convocados a la plaza el día de la ira.

Pongamos que la arrogancia asesina de los tecnócratas que tachan y subrayan nombres, miles de nombres, millones de nombres de personas , es por fin desmantelada. Podríamos, en ese caso, poner al tecnócrata impoluto que jamás se mancha las manos, ni siquiera cuando el rotulador fosforescente con el que ha estado trabajando para provocar la ruina y la amargura de sus congéneres explota, podríamos digo, poner a ese hombre o mujer delante de cada una de las víctimas de su sistema económico político para salir de la crisis.


¡Que les explique! Que los modere, que los resigne si puede, que les haga entrar en razón, que les diga quiénes son unos fanáticos y les argumente por qué tienen que vivir los días tristes y angustiosos del paro, por qué tienen que tener los estómagos vacíos, las casas embargadas, los sueldos congelados, los derechos confiscados. Que les diga, en fin, a los hijos de las mujeres de estas fotos que tiene que ser así, que no pueden cobrar porque la cosa está muy mala y existen unos misterios financieros que ellas, simples trabajadoras, jamás podrán comprender. Que les digan los tecnócratas y sus esbirros los políticos de turno, que sigan trabajando porque si no perderán no sólo sus trabajos; también la esperanza de volver a vivir del jornal algún día.


Y cuando les digan todo esto a sus víctimas, si estas quieren, que los perdonen.

J.A Gallardo.

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