El precariado español y su papel en la lucha de clases

El precariado español y su papel en la lucha de clases 

En kaos 
por Simón Lafargue

Sobre la nueva composición política de clase y la izquierda


El precariado como sujeto político es un término relativamente nuevo. Corresponde a una construcción mental que alude morfológicamente al proletariado en el marxismo e intenta abarcar a un sector cada vez más numeroso de la población que, por su situación sociolaboral y su condición cultural, queda excluido del ejercicio democrático de la ciudadanía y del disfrute de los derechos y garantías sociales que ello conlleva.

El secuestro del poder político a nivel global perpetrado sigilosamente desde los años 70 por las élites plutocráticas desemboca para la mayor parte de occidente en la implantación generalizada de medidas neoliberales. La financiarización de la economía, la deslocalización industrial, la flexibilización del mercado laboral o el desmantelamiento del estado del bienestar, unidas a la presión propagandística en medios de comunicación e instituciones educativas que implementan las ideas de competitividad y consumismo, reduciendo el conocimiento a un mero mecanismo de ganar dinero y marginando a todos aquellos saberes que no reportan beneficio económico inmediato, generan necesariamente las condiciones para la aparición de nuevos actores sociales. A consecuencia de ello, (y no sólo) en España se produce una brecha en el seno de la clase trabajadora entre los sectores de población que gozan aún de una situación laboral estable, con unos ingresos regulares y una protección social y sindical aceptable (lo que en el argot neoliberal se conoce como clase media), frente a otros sectores compuestos mayoritariamente por jóvenes, inmigrantes, mujeres y en menor medida trabajadores en paro de larga duración mayores de 40 años. Este nuevo segmento poblacional queda excluido de las antiguas relaciones fordistas de producción, desplazados socialmente y catalogados como perdedores e inadaptados por la opinión artificialmente impuesta de los intereses de la clase dominante.

Siendo que las fórmulas políticas y sindicales mayoritarias de la llamada “izquierda” en nuestro país permanecen atrincheradas entre los márgenes del ya inexistente consenso instaurado tras la caída del régimen dictatorial (política parlamentaria y negociación de convenios principalmente), se deduce que carecen de la flexibilidad necesaria para defender y representar al conjunto de la clase obrera sin excluir al precariado. La élite dominante es capaz de poner en funcionamiento una maquinaria de represión que va más allá del momento concreto, y que se extiende a todos los ámbitos de la vida cotidiana, paralizando y aislando a cada individuo. En este sentido las plataformas de lucha de las que hemos dispuesto las clases subalternas desde los Pactos de la Moncloa ya no son los otrora bastiones defensivos de las condiciones de vida que disfrutaran las mayorías sociales, sino que en muchas ocasiones se convierten en un lastre que frena la capacidad defensiva de un cada vez mayor número de personas en condiciones de precariedad. Al resistirse a la refundación y acaparando el protagonismo en el enfrentamiento de intereses de clase, las organizaciones implantadas de la “izquierda” impiden la consecución de nuevos derechos y dificultan la representación política de los nuevos sujetos salidos de las últimas transformaciones en las maneras de crear riqueza y de su distribución en forma de rentas. Cuando, dada la coyuntura, optan por el pacto político con gobiernos neoliberales y por el pacto económico con las organizaciones empresariales, argumentando “suavizar los golpes, que de otra manera serían brutales”, el único resultado obtenido consiste en el sostenimiento de un régimen decadente y condenado al colapso; legitiman el modelo, impregnándose de su esencia corrupta y despótica, colaborando así a orientar las lealtades de muchos ciudadanos descontentos hacia las posiciones antidemocráticas de la ultraderecha.

Es de vital importancia entender que en momentos críticos, las herramientas ideológicas de represión del Estado Postfranquista se ponen en marcha sin ningún tipo de complejos, canalizando las frustraciones de una población con sensación de tendencia al empobrecimiento, en respuestas agresivas y estériles para la acumulación de fuerzas en torno a un proyecto político que pudiera beneficiarlas de un modo u otro. La principal función que cumple el fascismo es fracturar la sociedad, generalizando los sesgos y prejuicios ideológicos del sistema en el sentido común de cada época. El aparato político bipartidista de este país y el aparato mediático difunden la contradictoria opinión oficial de que, mientras que cada uno es culpable de su situación social, la economía es un abstracto intelectual que escapa al control humano. Responsabilizan a cada una de nosotras y nosotros de algo que nunca llegaremos a comprender o controlar. Como en la edad media, el ser humano ya no es el centro del pensamiento, sino que lo es (como en su momento lo fue la idea de Dios) la idea neoliberal de “Mercado”.


Pero en este contexto surge un movimiento popular que centra el debate político en cuestiones que hasta el momento permanecían relegadas a la marginalidad. Se abre así una brecha política rupturista que todos aquellos que han tomado conciencia de su situación en esta sociedad clasista no deberían despreciar. Este movimiento, que se ha dado en llamar 15M, aglutina a centenares de organizaciones y cientos de miles de personas que no se sienten representadas por el modelo parlamentario actual. Reclaman más democracia y derechos para las personas que han sido desplazadas desde la llamada “clase media” hacia la periferia social y económica por la avalancha neoliberal, convirtiéndose así a la vez en ariete que impugna el orden existente y en germen de una sociedad nueva basada en valores antagónicos a los impuestos por la élite plutocrática. Ahora bien, un movimiento que pretenda generar una nueva subjetividad política, que defienda los intereses de aquellos que gozaremos de (en el mejor de los casos) muy pocas garantías sociales o laborales, y que a la vez plantee la posibilidad de emancipación para la mayoría social, no puede si no nacer con una inclinación universalista, amparada en su conciencia de clase y aupada por otros sectores y subjetividades que en el contexto nacional e internacional compartan como enemigo común a la dominación cruel de las elites sobre las mayorías sociales. De lo contrario pasarán inevitablemente a engrosar las filas de la reacción.

Quizás las viejas fórmulas de lucha y resistencia hayan degenerado con los años a manos de unas cúpulas mezquinas y cobardes, pero nacieron con vocación de defensa de los intereses de las mayorías en un contexto histórico determinado y son el hilo conductor de otras luchas anteriores. Es nuestra herencia, para bien o para mal y a pesar del grado de corrupción y cooptación que alcanzan sus direcciones, son muchas las buenas personas que aún respaldan dichos proyectos. Son los valores de esas personas comunes los que no se deben perder para la lucha, porque son los valores que empujan a cualquier persona a luchar por una vida más digna y un reparto mejor, sea cual sea el contexto en que nos encontremos. Por ello, para el precariado, la tarea más urgente es la de tomar conciencia de sí, terminar de nacer, organizarse y definirse, buscarse y encontrarse en la confrontación con el enemigo de clase, tendiendo alianzas con la antigua militancia de la izquierda sindical y política, a la que sin duda encontrará en la batalla que libramos hoy las mayorías populares contra la élite plutocrática.
 

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