Etxebeste y Garzón
La
historia se repite. Siempre hay quien intenta cubrir su pasado
reinventándose en todo lo contrario. Al ladrón le place que lo tomen por
honrado, al malvado por bondadoso, y al torturador que lo propongan
para el Nobel de la Paz o lo nombren miembro del Comité Europeo para la
Prevención de la Tortura. Lo sorprendente es que en la era de Internet,
cuando casi todo está escrito y publicado, haya gente (ignorante o
malintencionada, elijan) que se deje engañar por estos reconvertidos a
la virtud y al humanismo.
("Cuando
me quitaban la bolsa –cuenta Domingo Aizpurua- me aplicaban electrodos
por todo el cuerpo: en la punta de los dedos de los pies, en los labios,
en los pezones, en las manos, en los testículos, en el pene... durante
toda la noche fue igual: primero la bolsa, luego los electrodos y de seguido los golpes... ante Garzón declaré todo lo que me hicieron").
Para
Baltasar Garzón, Etxebeste del siglo XXI, la encomienda de Indias
comenzó en 1988, en la Audiencia Nacional Española, tribunal de
excepción al que han calificado como la herencia más envenenada de la
justicia franquista, al ser sucesora del famoso Tribunal de Orden
Público. Miles de personas han pasado durante todos estos años por este
siniestro organismo, sometidas a la incomunicación que posibilita la
impunidad del tormento. El mismo Comité Europeo de Prevención de la
Tortura (CPT), al que ahora pertenece Garzón, ha reclamado
reiteradamente la abolición de esa forma de detención y lo mismo ha
hecho Amnistía Internacional, el Comité contra la Tortura (CAT) y
diferentes Relatores de la ONU, como Martin Scheinin.
(“Me
los aplicaban por todo el cuerpo -cuenta el navarro Josu Unsión-. Era
una breve descarga, una breve parada y otra vez a lo mismo... me
quedaron sendas marcas en las sienes... Garzón me envió a la cárcel
adonde vino a visitarme una Comisión de Derechos Humanos del Parlamento
Europeo... a pesar del tiempo transcurrido los médicos pudieron
comprobar las marcas de los electrodos en las sienes”).
Con
los cientos de detenciones que ha promovido, Garzón es, sin duda, el
juez europeo que más denuncias de tortura ha escuchado en estos años,
sin que jamás hiciera nada que no fuera negarlas y ocultarlas. Pero
estas denuncias no están, como en tiempos de Etxebeste, en antiguos e
inaccesibles legajos de Indias, sino que se consiguen al minuto en las
webs de las ONGs, periódicos, u organismos contra la tortura; en
sumarios y juicios orales; en libros; en organismos internacionales,
como el Tribunal de Estrasburgo. Esa izquierda española que aplaude al
juez y lo nombra “referente de la ética y la democracia” ¿realmente
creen que de esa forma dignifican a nuestros fusilados? ¿O ya han
pasado, sin disimulo, a ser cómplices de lo que ocurre en la Audiencia
Nacional?
(“Al
día siguiente fue similar, -narra Encarnación Martínez- colocándome
varias veces la bolsa, aplicándome electrodos, dándome golpes,
simulacros de violación... Delante de Garzón, narré detenidamente todas
estas salvajadas. Más aún, cuando intenté enseñarle la marca que tenía
en la espalda, ese juez tuvo el valor de decirme que no era nada
importante. Y sí lo era: tuve que ingresar en urgencias en el Hospital,
donde permanecí cinco días en estado muy grave hasta el extremo que me
tuvieron que inyectar 27 litros de suero”).
No fueron sólo ciudadanos vascos: en 1992 durante los Juegos Olímpicos, Garzón detuvo a 40 jóvenes del independentismo catalán. Al final, fue el Tribunal
Europeo de Derechos Humanos el que el 2 de noviembre de 2004
sentenciaba que Garzón no había investigado sus torturas. Del trato
recibido por los islamistas, que también derivó en condenas contra el
juez-estrella, mejor no hablar.
(“Sufrí
vejaciones sexuales y calculo que me desmayé cuatro veces en las
sesiones de tortura –dice Eider Olaziregi- Todo se lo conté a Garzón,
que lo escuchó con absoluta indiferencia. Luego quedé en libertad...).
Dueño
de un poder ilimitado, otorgado por los mismos que hoy le juzgan,
nuestro Etxebeste decidió que era hora de transformarse. El caso de
Pinochet le dio proyección internacional y con el caso de las víctimas
del franquismo, consiguió unir su imagen a una noble causa, pese a ser
un digno descendiente de aquél régimen, que jamás se había preocupado
antes en denunciar. Juzgado con su propia vara de impartir justicia, hoy
Garzón se sienta en el banquillo de los acusados por varios delitos,
alguno de ellos, como el de cobrar comisiones, nada noble.
Etxebeste
no sufrió otra justicia que la del Valle de Josafat, pero Garzón tiene
muchas causas por delante, muchísimo más graves que las que encara en
Madrid. El torturado
tiene memoria larga. Es muy probable que, si un ápice de democracia se
sostiene en Europa, y al socaire de la nueva situación en el País Vasco,
algún tribunal europeo admita un día la denuncia formal, con nombres y
apellidos, de los cientos de torturados que pasaron por él.
Posiblemente, habrá un Gobierno Vasco que ratificará esas denuncias. Y
en ese banquillo, siquiera en efigie, estará también esa sedicente
izquierda, ciega, sorda e interesada, que dejó la memoria de sus
muertos, nuestros muertos, en semejantes manos. Tomado de inSurgente
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