jueves, 5 de febrero de 2015

No creo en el fuego amigo Por: Omar Olazábal Rodríguez

Con estupor he leído la transcripción del diálogo entre los soldados españoles que participan en la misión de paz de las Naciones Unidas en el Líbano. Uno de ellos grita, ante la exclamación de otro compañero cuando se da cuenta que las granadas provienen del ejército israelí: “¿Cómo puede ser? No puede ser eso, ¿eh?”. Un nuevo caso de muerte de un ciudadano español por el llamado “fuego amigo” ocurre en el Medio Oriente. Recordemos hace casi doce años, en abril de 2003, el asesinato del camarógrafo José Couso. A pesar de los intentos de cerrar la investigación, el juez a cargo ha decidido continuar con la misma hasta tanto se esclarezca el hecho en toda su gravedad. No cree el magistrado en el concepto de “amistad” de un fuego que cercena vidas ni en la “colateralidad” de sus víctimas.

En un sitio de Internet se lee, entre frases de la guerra, una que se categoriza dentro de las Leyes de Murphi militares: “El fuego amigo no existe”. Cuánto de verdad hay en esa afirmación. Si solo nos remitiéramos al caso del cabo español que acaba de resultar muerto en la acción de guerra israelí, podríamos acuñar para siempre esa frase.

El ejército de Israel sabía muy bien dónde se encontraba el campamento de la Fuerza Interina de las Naciones Unidas para el Líbano (FINUL). Es ilógico pensar lo contrario. Por lo tanto, el margen de error no es factible en este caso. Me atrevo a asegurar que bien sabía lo que hacía el encargado de lanzar los proyectiles contra los soldados españoles. Después vendrían las justificaciones y las disculpas, pero la vida humana no tiene precio.

Lo más lamentable de estos casos es que los culpables nunca van a pagar su crimen. En un artículo publicado en El Mundo y reproducido por Cubadebate el pasado año, Carlos Hernández, colega de José Couso y testigo de su asesinato en Bagdad, afirma: “La historia del ‘caso Couso’ es la cronología de la infamia. Todos los testigos del hecho, ¡todos!, y todas las pruebas y datos, ¡todas!, han ido confirmando la tesis de la familia: las tropas norteamericanas desplegadas en Bagdad el 8 de abril de 2003 buscaban matar periodistas. Y lo hicieron, en un espacio de menos de tres horas, disparando sobre las sedes de dos televisiones y atacando el centro internacional de prensa ubicado en el Hotel Palestina”(fin de la cita).

Creo firmemente que la misma infamia pasará en el reciente caso ocurrido en la frontera del Líbano e Israel. No se castigará al culpable y se cerrará el expediente para justificar lo mal hecho. Las tropas de la FINUL a partir de ahora tendrán que cuidarse mucho más de quienes se proclaman amigos. Desde 1978 se encuentran en el Líbano para supervisar la retirada israelí de los territorios que una vez ocupó en ese país. Pero su misión se ha visto en peligro en varias ocasiones.

La de mayor envergadura fue en 2006, cuando Israel llegó a ocupar parte del Líbano y tuvo que retirarse ante la fuerza de la resistencia de ese pueblo. Desde ese momento a la FINUL se le ampliaron sus funciones y fue autorizada por el Consejo de Seguridad a hacer uso de la fuerza en caso de que se viole el acuerdo de cese al fuego.

Alguien puede pensar que el que dio la orden de disparar contra los soldados españoles lo hizo para amedrentarlos antes de que abrieran fuego contra los que continuamente violan los acuerdos de paz en el Medio Oriente. La maquinaria bélica del sionismo no cree en pacificadores cuando de demostrar su poderío se trata.

Es una vergüenza que estas cosas sigan pasando. No hablemos ya de los millones de víctimas en el mundo entero que caen ante el fuego que generan los conflictos armados. Ninguno de esos fuegos puede ser “amigo”. En la punta del proyectil siempre estará escrito el nombre de la próxima víctima, y ese nombre es el de un ser humano. Evitar las guerras es posible. Solo el que vive de ellas no lo permitirá. Y ese, el mercader de la sangre, no es amigo de nadie. Por lo tanto, nunca creeré en el fuego amigo.

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