sábado, 17 de mayo de 2014

Cuando el surco no espanta. Lisván Lescaille Durand

El universo de usufructuarios y tenedores de tierra empieza a mostrar un rostro más fresco en Guantánamo, como se observa en una cooperativa de crédito y servicios renovada con el espíritu de una treintena de jóvenes.
HONDURAS, MANUEL TAMES, Guantánamo.— El fango espeso hace intransitables los caminos en este batey macondiano que en los años 70 del pasado siglo fuera un emporio cañero-azucarero, imposible de obviar como fuente de trabajo para sus lugareños.
Aunque ya no huele a azúcar ni la caña se enseñorea en aquel macizo, no son pocos los que intentan devolver el esplendor productivo a esa demarcación, perteneciente al municipio de Manuel Tames.

Semejante empeño empieza a mostrar rostros jóvenes con la incorporación de una treintena de muchachos y muchachas a la cooperativa de crédito y servicios (CCS) Frank País García, una de las dos instaladas en el entorno de aquel Consejo Popular.
En diálogo con Juventud Rebelde, Leonardo Alfonso Durruthy, presidente de la CCS, celebró que sean ellos quienes, desde 2012, hayan contribuido a elevar la eficiencia, mejorar los aportes productivos de la entidad y ofrecerle un talante más fresco a ese colectivo, integrado por 58 usufructuarios y 98 dueños de fincas.
 Keyler, Yaniris (al centro) y Yannia son ejemplo de la inyección de fuerza joven que recibe la cooperativa Frank País. Foto: Lisván Lescaille Durand
Mucho representa esa juventud —afirma— para las metas de cada cosecha y la comercialización de viandas, hortalizas, granos, frutales y carne. Porque estamos aún lejos de satisfacer la amplia demanda de esos renglones en el municipio, pero sobre todo de contar con toda la caña necesaria, reconoce Leonardo Alfonso Durruthy.

«De los cinco integrantes de la Junta directiva de las CCS, cuatro tienen menos de 40 años y dos de ellos —muchachas— tienen menos de 25 años. Esa implicación juvenil dentro de un colectivo mayormente envejecido propició eliminar las indisciplinas laborales y la desorganización del trabajo que prevalecía en la entidad», apunta su presidente.

Lidiando con el monte

La azada al hombro y el machete en la cintura se le hacen inseparables, prácticamente desde la cuna. En el intrincado lomerío santiaguero de Songo la Maya, donde nació hace 30 años, Yoanni Lambert Quiala aprendió a lidiar con el monte. Sin embargo, fue en Casimba Arriba, en el municipio guantanamero de Manuel Tames, donde se «casó» para siempre con la tierra.
Encontrarlo allí no resultó sencillo. Como casi siempre sucede, el guajiro vive un poco más allá de donde te indican. Pero luego de una recia travesía, con el fango al pecho entre resbaladizas guardarrayas, asomó el rostro bañado de sudor y entusiasmo del joven.
Junto a su hermano, Juan Carlos Lambert, de 40 años, Yoanni se convirtió en usufructuario de una parte de las tierras de la finca San Jorge, a tenor con el Decreto-Ley 259. Pudieron entonces establecerse definitivamente «como dueños de un patrimonio que les permite vivir de las cosechas de decenas de quintales de maíz, yuca, tomate y frijol», sostiene.
No escapan al visor de este esforzado labriego los rigores de la vida entre cosechas, cuando tienen que ingeniársela con otras formas de subsistencia como la ceba de puercos.
«Crecí viendo a mis padres afincados a la tierra, extrayéndoles sus frutos de sol a sol, y ese ejemplo lo he incorporado a mi conducta. Creo, en verdad, que nací para esto: sembrar y cosechar viandas, frijoles, maíz, hortalizas, pastorear ovejos, criar puercos, aves de corral…», afirma pausadamente.
A estas alturas Yoanni no tiene dudas del acierto de la política de reparto de tierras ociosas entre quienes pueden ponerlas a producir. Esa decisión del Estado cubano lo hizo salir de la incertidumbre de detentar una parcela ilegítimamente, como era antes, pero sobre todo le proporcionó un espacio donde socializar y compartir sus preocupaciones: la CCS Frank País.
«La cooperativa se pone muy buena —dice—. Ha llegado gente joven y tengo con quienes compartir. Ya soy militante de la UJC y siempre estamos “inventando” cosas para unirnos en el propósito de hacer mejor las cosas y, de paso, nos divertimos un poco en medio de tanto trabajo y poca recreación», apunta.

Vista derecha: la cooperativa

Ahora lo confiesa sin rubores: «Nunca pensé que aquí encontraría mi espacio laboral». Pero como muchos jóvenes de la comunidad de Honduras, Yaniris Escalona López pasaba por frente de la cooperativa Frank País y apenas si reparaba en ella. Su mente estaba en otros oficios, quizá allende el municipio.
Sin embargo, tenía sobradas razones para enamorarse del trabajo agrícola, porque también creció observando el ordeño de las vacas y el laboreo en tierras de su familia guajira. Entonces, la muchacha de apenas 19 años decidió un día «mirar hacia la derecha» y traspasar las puertas de la referida entidad en busca de trabajo.
«Tenía habilidades recién adquiridas en un curso de dirección de recursos humanos, ofrecido por la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), y empecé a desempeñarme como tal cuando me ofrecieron el puesto. Y con un poco de temor vi el reto que hizo la junta directiva para que asumiera como organizadora de la cooperativa», cuenta la joven.
«Algunos piensan que los jóvenes no podemos con tareas tan complejas y que requieren vocación y entrega, pero se equivocan. La mayoría de las veces le ponemos el alma y nos ganamos el respeto del labriego y su familia», confiesa.
Muy cerca de Yaniris, en una apretada oficina, tiene lugar un proceso muy complejo que descansa sobre los hombros de otra muchacha, también joven: la economía de la cooperativa, un asunto moldeado con habilidad por Yannia Mendoza Ramos, de 22 años.
Además de ocuparse de que cuadre perfectamente todo en materia de economía, ella enfrenta situaciones «complicadas como el acceso a créditos por parte de los socios y las cuentas por pagar y cobrar de la cooperativa, tema que ocasionan no pocos disgustos a los miembros y a la propia junta directiva», ilustra Yannia.
Para esta graduada de técnico en contabilidad, hace tres años, ese puesto laboral significa una escuela que consolida su formación profesional. En otro sentido, pudo reparar también en el rol del comité de base de la UJC y el ambiente que promueve, lo cual «hizo que me decidiera para ingresar a la organización», refiere.
En esa cuerda mucho influye el joven de 28 años, Keiler Duvergel, trabajador social devenido almacenero de esa forma de producción, para quien constituye una bendición el ingreso de más de 30 jóvenes al comité de base en los últimos dos años, razón por la que este se nutre constantemente.
«Nos propusimos ampliar nuestra influencia en el entorno familiar, y encontrar allí a los futuros campesinos que engrosarán la plantilla de la cooperativa y, si seguimos siendo ejemplo, serán también de la organización juvenil. Ese ambiente de participación y alegría que generamos acá garantiza el apego al surco y la herencia generacional de las tradiciones campesinas».

Vienen los jóvenes

Una progresiva incorporación de rostros jóvenes a las labores agrícolas en este territorio empieza a mostrar los aciertos de la política de entrega de tierras ociosas en usufructo, propiciada con el Decreto-Ley 259 y el 300, emitidos por el Consejo de Ministros en 2008 y 2012, respectivamente.
La ANAP en esta oriental provincia creció el pasado año en casi un centenar y medio de campesinos de hasta 30 años de edad. Ahora suman 1 207 los jóvenes alistados en ese gremio que se dedican a actividades relacionadas con la agricultura, aseguró Yadira Martínez Kolb, miembro del Buró Provincial de la ANAP.
Por añadidura, 320 noveles labriegos asumieron en los últimos 16 meses cargos de dirección en las nóminas de las cooperativas y otras formas de producción, «lo que aporta renovación y vitalidad a las cooperativas de producción agropecuarias (CPA), CCS y otras estructuras dela ANAP», afirmó Martínez Kolb.
Estas cifras deberían seguir incrementándose, en consonancia con los datos del último censo —que registra a Guantánamo como la provincia cubana de mayor población joven—, y con ello eliminar definitivamente el estigma pernicioso sobre el trabajo en el surco.

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